viernes, 6 de marzo de 2015

ELECCIONES PARLAMENTARIAS Y FORMAS DE LUCHA



ELECCIONES PARLAMENTARIAS Y FORMAS DE LUCHA
Jonatan Alzuru Aponte
Me levanté temprano y leí la reflexión de Isnardo Bravo en las redes sociales, a propósito de las elecciones parlamentarias. En resumen: desea votar e irá a votar en las elecciones parlamentarias; pero considera que ha sido un error que un mínimo porcentaje de los diputados que participarán en la contienda se elijan por primarias y al resto por consenso. Además,  él considera que muchos de los candidatos que se postularán,  por consenso, no ganarían unas primarias, dígase, no son representativos. Según el razonamiento, todos deberían ser electos por primarias. Y la explicación que elabora del por qué no fue así, lo reduce a lo siguiente: es por un problema de no pensar en Venezuela sino en sí mismo. Toda la interpretación la realiza como una voz de un venezolano de la masa, de un venezolano de a pie.
Quisiera elaborar mi opinión desde el mismo estatus, un venezolano de a pie. No conozco cómo ni por qué se realizó el consenso; ni tampoco cuáles fueron los criterios para determinar a unos y no a otros. Puesto que no milito en partido alguno, ni en ningún movimiento social.
Considero en primer lugar que el razonamiento de Bravo es digno de considerar por parte de la Mesa de la Unidad, no tanto para modificar el mecanismo, ya se hizo; sino para diseñar una campaña que modifique ese sentimiento en los potenciales electores. Es una condición sine qua non; si se entiende las elecciones como una formas de lucha del pueblo frente al poder, entre otras.  Es lo primero que debe considerarse para el diseño global de la campaña.
Antes de estudiar el caso específico, creo que es relevante realizar algunas consideraciones generales con relación a las formas de lucha de los movimientos sociales y políticos de la oposición frente al poder.
Ha sido un error consecuente, repetido, reiterado por parte de nuestros diversos y distintos líderes de la oposición, durante estos quince años, criticar formas específicas de lucha. Generando como consecuencia que se ilegitime en la población, absurdamente, esa forma de lucha. Quedando cada vez menos formas de lucha para enfrentar al poder. Justamente, esa lógica favorece, en grados superlativos, a quienes están en el poder, quienes desean mantenerlo y acrecentarlo. Porque el otro,  la oposición, por su propia torpeza, ha ido desechando las armas constitucionales y civiles que tienen para enfrentar las decisiones del poder que considera arbitrarias y que además, les representa más costos que beneficios. Sin percatarse que el problema no ha sido la forma de lucha en sí misma, sino cómo se han implementado y de qué forma se han asumido. (Por cierto, hay formas de luchas legítimas y quizás no legales; desconocer una ley, de forma pública y notoria porque se considera que atenta contra el pueblo, ha sido bandera de miles de movimientos sociales en el mundo; obviamente quien lo hace debe asumir, con honor, las consecuencias que implica tal acto, frente a las respuestas del poder).
El paro, la huelga, la acampada, la guarimba -(utilizada por los piqueteros en Argentina o los cocaleros en Bolivia)- o el voto son formas distintas de luchas. Lo primero que fortalece una forma de lucha es la responsabilidad por parte del movimiento o partido político de su conducción, evaluación de sus costos y beneficios, tanto frente a todos aquellos que los acompañaron como de aquellos quienes detentan el poder y sus respuestas proporcionas o no al respecto.  Responsabilidad es la práctica de responder por qué se hace, cómo se hace y cuál es la finalidad de aquello que se plantea y ejecuta. Son totalmente torpes y estúpidos, políticamente hablando, quienes plantean una forma de lucha con una finalidad  en el ámbito público, pero que es un simulacro para otro fin. La razón es muy elemental, quien detenta el poder al develarle el objetivo real a su oponente, no solo ilegitima la forma de lucha sino que además, los seguidores se sienten engañados. Eso desarticula cualquier movimiento social o político. Lo segundo, entonces, es el objetivo específico de la forma de lucha que sea evaluable y explicar cuándo ha de suspenderse esa forma y por qué; eso es vital. La confianza aun en el fracaso es un componente sustancial para amalgamar a los movimientos políticos y sociales. Eso no significa que no sirva esa forma de lucha; sino que por tales y cuáles circunstancia no funcionó. Y ha de explorarse otras o volverlo intentar de forma planificada.
Quien tiene seguridad en sí mismo, en su forma de lucha y tiene voluntad de poder, es capaz de morir por su idea y su práctica; pero además, seduce, convence al otro, a quien no cree, que ésa es la vía apropiada para alcanzar los objetivos. Quien grita fraude y su práctica no es acorde con su declaración, ilegitima esa forma de lucha, se irrespeta a sí mismo y desarticula al movimiento porque se pierde la confianza. Allí hay que tener coraje y valentía para asumir en la práctica la denuncia que se hace. De lo contrario, es preferible callar.
El lenguaje e interpretación en política genera prácticas y formas de actuación muy concretas. Seamos claros y precisos. Pensemos en nuestra historia política contemporánea. El difunto presidente, más allá que usted estuviese o no de acuerdo con su mirada, él utilizó una de las formas de lucha de más alto riesgo social, a saber: la realización de un golpe de estado y falló. Intentó un golpe y  asumió, responsablemente, las consecuencias. Insistió en la misma forma de lucha y volvió a fracasar. Luego pensó la abstención como forma de lucha y no le funcionó. Finalmente opta por el voto como forma de lucha. Y convenció a Tirios ya Troyanos que ésa era la forma y que su proyecto era el adecuado para transformar a Venezuela. El contenido argumentativo de su propuesta en nuestro contexto es irrelevante, estoy evaluando sus prácticas. Se planteó una reforma constitucional y perdió y asumió. Sin embargo, como tenía voluntad de poder y creía que ése era el camino y no otro; jugó para desarrollar en la práctica lo que no pudo logra por la vía electoral. Pensaba en sí mismo, que su idea era cómo debería ser Venezuela, para bien o para mal.
La dirigencia o un sector importante de la oposición se plantearon, también, un golpe de estado y se logró. Más allá que usted afirme que Chávez renunció, lo que no puede evadir que el acto de Carmona disolviendo  todos los poderes, juramentándose ante sí mismo, no era un golpe de estado. Luego de la retoma del poder, nadie de los perdedores asume el golpe. Se planteó en un momento la abstención, pero nadie asumió de forma pública notoria el error del acto. Los más osados dicen que tomaron esa decisión porque lo quería el pueblo. Lo que habría que decirle, a quien sostiene semejante sandez  es retírese y que las encuestas dirijan. Luego se opta por la lucha electoral y se canta fraude; pero no se actúa en el plano político, en las masas, coherentemente. Se plantean formas de lucha como la guarimba por vías abstractas, una anónima en un video, dirigiendo la forma de lucha, sin objetivo preciso y de forma desarticulada, con los dirigentes acusándose entre sí de traidores. Una mesa servida para un rotundo fracaso.
Estamos en un año electoral. Es la ruta. Para expresarme en el lenguaje del fallecido presidente, allí es la batalla. En ese camino el gobierno lo inicia con buen pie, paradójicamente, en medio de una de las crisis económicas más horrorosas que ha vivido nuestra patria. Y lo hace con la utilización de su lenguaje. Aun sin cuestionar la palabra del Jefe del Estado que existe una conspiración para la realización de un golpe de estado, asunto que nadie, ni chavistas ni antichavistas, se pueden pronunciar, verificándolo o negándolo, a menos que formen parte de los cuerpos de seguridad del estado o de la fiscalía y de hacerlo estaría viciando el proceso… Pero tal acto, el de la conspiración, lo equiparan con una acción cívico militar que de suyo debe ser evidente, aviones que lanzan bombas y caen, militares disparando, heridos… que fracasó; la estrategia lingüística está en equiparar una conspiración con un intento de golpe de estado.
Acción lingüística que tiene un efecto claro en la población potencialmente afecta a la oposición; porque hace un año los líderes de la oposición  se acusaron entre sí, evaluando las formas de lucha, de la intencionalidad de la acción, esto es, de la preparación de un golpe de estado. De allí que la acción lingüística está dirigida por un lado a amalgamar a sus potenciales votantes, frente a un enemigo que pretende subvertir de forma violenta el país y, de manera simultánea, fractura al movimiento opositor al generar la duda. Dejarlo en limbo es lo más conveniente para el gobierno en la batalla electoral. Porque evidenciar la conspiración, de ser cierta, implicaría el arresto de oficiales activos, generales o coroneles o tenientes que estarían en conexión con el civil arrestado. Tal acción lingüística con una represión dura y selectiva de las manifestaciones motoriza la abstención del pueblo opositor.
Desde éste análisis es que puedo pensar la acción concreta realizada en la Mesa de la Unidad. Antes de juzgar lo errado o acertado del mecanismo de elección de los candidatos debemos, los venezolanos de a pie, de la oposición preguntarnos y preguntarle a la Mesa de la Unidad, si ese mecanismo fue de consenso, entre todos y, fundamentalmente, los líderes visibles, dígase Enrique Capriles, María Corina Machado, Leopoldo López y Antonio Ledezma; así como de todos y cada uno de los Secretarios Generales de los Partidos.  De ser la respuesta afirmativa, ellos estarían cumpliendo lo que el pueblo opositor ha dicho, ha deseado, que se pongan de acuerdo. Se pusieron de acuerdo en cuáles circuitos realizarlo por consenso y en cuáles  realizar primarias. Ahora bien, como es una forma de lucha, el asunto no es de popularidad o no al interior del movimiento opositor; sino cómo se garantizan la mayor cantidad de curules en la Asamblea. Y en algunos sectores unas primarias pueden dividir más que amalgamar. La forma de ponerse de acuerdo, donde no hay primarias, es un complejo proceso de negociación; porque cada partido considera sus candidatos y debe ceder o no, frente a las peticiones de los otros. Ese regateo político es complejo y duro, nada fácil porque no se trata de un cuerpo militar donde el general dice éste y punto.
Justamente, una buena campaña debe maximizar la importancia y lo relevante que significa consensuar entre diversos y opuestos actores políticos para la escogencia de los candidatos a las parlamentarias y mostrar que los consensuados contarán con el respaldo de todo el movimiento opositor; al ser la mayor cantidad los que se eligen por consenso, entonces, la campaña debe priorizar este aspecto, por encima de las primarias.  
Finalmente, considerando todos los aspectos anteriores, el asunto medular se trata de los discursos, del lenguaje que tiene que conectarse con los sufrimientos de las grandes mayorías, con los más pobres. No es posible ni aceptable, por ejemplo, que el gobierno acuse a los más pobres de la crisis económica. Esto lo hace de manera sistemática cuando sostiene que los buhoneros, los de la economía informal, acaparan y venden más caro, lo que le han llamado el bachaqueo en la ciudad. Si los más pobre tuviesen un empleo digno, no tuvieran tiempo para pasar horas y horas haciendo cola, para luego vender los productos. Las colas se han transformado en el empleo de los más pobres. Y los ricos que están en el poder haciendo negocio con el dólar, mantienen un lenguaje fariseo.
Es un año electoral, mantener a toda costa la paz, es la condición de la derrota de quienes están en el poder. Pero deseos no preñan. Hay que preparar la campaña.



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